Como él es un hombre de los de antes, don Eustaquio fue hoy al barbero. A pelarse y a que le arreglen la barba, sí señor. Don Eustaquio es uno de los muchos asiduos a la barbería con los que cuenta don Julián, quien también es un hombre de los de antes. Bueno, de los de antes y de los de ahora, porque bien se ve que, por mucho que intente disimular la calva con burdas estrategias, don Julián ya tiene muchos inviernos encima. Y tener muchos inviernos encima viviendo en Teror, donde el frío arrecia y penetra en los huesos, es tener mucha historia.

Don Julián aprendió el oficio de pequeño, viendo y ayudando a su padre. Desde los seis años, cuando él aún ni pensaba en que algún día sería más alto que el palo del escobillón, ya barría la barbería, hacía los mandados, entretenía a la clientela con sus ocurrencias de niño y ayudaba a colocar cada producto en su sitio. Fue precisamente con esa edad cuando a su madre la operaron, ya no recuerda de qué, y acompañó a su padre por primera vez a la capital.

El coche de línea de Chano salía a las ocho en punto de la mañana y allí se sentó el muchachito al lado del padre. Cuando ya se hubo llenado y todas las plazas estuvieron cubiertas tosió el motor como un gigante viejo y agripado y se pusieron en marcha. Tras muchas curvas y pinos y empezando a sentirse mareado Julián tiró de la manga del padre.

—¿Qué pasa, hijo? —le preguntó.

Y Julián, con el ceño fruncido, los cachetes rojos y sin dejar de mover el cuello para mirar al padre y luego al mar, le dijo —Pa , ¿tú has visto ese estanque tan grande?, ¿dónde tendrá el tapón pa vaciarlo?

La carcajada le salió al hombre inmediatamente por la boca. Julián no entendía nada.

—¿Oyeron, oyeron? ¡Que dónde tendrá el tapón ese estanque tan grande!

El pobre Julián se quedó azorado, pero al ver que todos reían, rió también él.

Y esta es la historia de porqué a Julián nadie lo conoce como el barbero de Teror, sino como Julián el del tapón.