Para la muerte te preparas igual que para ir a trabajar. Te levantas, te afeitas, te vistes, desayunas, te cepillas los dientes y pum, cierras la puerta para echarte a andar camino a la estación. Cuando te sientas en el tren no piensas en la última vez que abrazaste a tu madre, ni en aquel día en el que paseando por un mercadillo compraste El rayo que no cesa. No piensas ni en el placer de comer jamón y beber vino, ni en el estallido de un orgasmo. No recuerdas tu último sueño ni la sensación del sol y de la sal del mar sobre la piel. Sigues oyendo la radio en los auriculares, sigues a lo tuyo un día más. Cuando resuena la primera bomba y ves la cara de pánico de la gente no reflexionas sobre si has sido un buen padre, porque se te ha bloqueado el pensamiento y también la capacidad de reacción. Luego detona la segunda, esa de la que apenas oyes la primera fracción de segundo porque acaba de llevarte por delante. Y después ya no hay nada. Es todo negro. No llegarás a oír el llanto de tu mujer, ni el de tu hijo. No llegarás a sentir la tristeza de tus amigos. Ya nunca volverás a ser ni la sombra de lo que eras.