Salió de la piscina contoneándose. Sabía que Mateo le estaba mirando el culo desde atrás y eso le hacía estar cada vez más excitada, así que estudió con cuidado cada uno de sus siguientes pasos. Al llegar a la tumbona se secó el agua de las piernas con la toalla. Un pie en el suelo y el otro apoyado, para que se le marcaran bien los gemelos. Se recogió el pelo en un moño que se hizo rápido y, antes de tumbarse, buscó las gafas de sol en el bolso: no solo le molestaba la luz, sino que por nada del mundo iba a perder ella esa cruzada contra las patas de gallo que había empezado veranos antes. Llamó al camarero chascando los dedos y pidió un Mai Tai. Cuando éste volvió, ya tenía los labios pintados de rosa, a juego con el bikini. Chupó la pajita mirando a Mateo y, después de tragar el refrescante líquido, sacó la lengua para pasársela por los labios de la manera más sensual que sabía, primero el centro y luego las comisuras.

Mateo no tardó ni cinco segundos en decirle lo guapa que estaba mientras agarraba su tumbona para acercarla a la de ella.

“¡Ay!”, pensó Sara, “¡Qué fácil es vivir como en un anuncio!”.