No es que yo sea una secuestradora de libros, pero tengo esa horrible manía de llevar siempre uno en el bolso, por si tengo que esperar. Por eso mis libros tienen las páginas dobladas en las esquinas, manchas de café o de vino, granos de mil playas pegados en el lomo, marcas del esmalte rojo de uñas, arrugas y hasta patas de gallo.

En la consulta del dentista, en la guagua, en la playa o incluso caminando por la calle. Me sumerjo en un libro como quien se lanza de cabeza a una piscina de agua fría cuando ya no aguanta los cuarenta grados a la sombra. No me molesta el ruido de la fresadora de fondo, ni los adolescentes que se cuentan la jornada, ni el padre que grita al niño que salga ya del agua, ni la gente con la que estoy a punto de tropezarme al doblar la esquina.

Las letras me atrapan, salen de las entrañas del libro para agarrarme por el cuello y meterme dentro. Las historias me envuelven y los personajes me acompañan, me hacen reír, me hacen llorar y, a veces, con el tiempo, pienso en ellos como se piensa en viejos amigos de los que ya no se sabe nada.

Los libros me acompañan en las mudanzas, a veces incluso me llevo aquellos que hace años que leí aunque sepa que no pronto voy a disfrutar otra vez de sus páginas, pues lo único que necesito es su compañía, como el niño febril al que le alivia la mirada atenta de la madre. Y por supuesto están esos libros de cuyas palabras nunca me canso ya que en las andanzas de sus personajes encuentro infaliblemente respuestas a mis preguntas (ay, Filomeno, cuántas veces te he acompañado al pazo miñoto, a tu oficina en Londres y a tu casa de Lisboa. Cuántas veces sentí yo también la mano de Belinha agarrándome la mía para poder seguir caminando).

¿Y qué me dicen de esos libros a los que les damos una y otra oportunidad? Los que no nos convencieron durante la lectura de las primeras páginas y que nos ponen ojitos cuando nos acercamos a la estantería, pidiéndonos en susurros que los leamos ya. Sin duda los oímos, pero disimulamos para no herirlos, porque sabemos que su momento quizá nunca llegue.

Como digo, no es que sea yo una secuestradora de libros, pero creo que entre nosotros se ha establecido un bonito, y sin duda diagnosticable, síndrome de Estocolmo.