Se encontraba delante del banco de la que había sido su calle, el mismo que lo había dejado sin una perra. Cuántas veces había tenido ganas de tirarles piedras a los cristales, de acuchillar a algún empleado, de tirar un cóctel molotov, de pegar patadas a la papelera… Sin duda lo que sentía era rabia, frustración. El puto banco tenía la culpa de todos sus problemas. De su hipoteca sin pagar, del coche que tuvo que vender, de que su familia lo dejase tirado, de no tener qué echarse a la boca…

Por fortuna le seguía quedando el amor de Yaiza. Yaiza incondicional a su lado, Yaiza mirándolo enamorada, Yaiza contigohastaelfindelmundo, Yaiza no tengo nada pero te tengo a ti. Yaiza, siempre ella, siempre por ella.

La miró fijamente a los ojos, la cogió de la mano y le dijo “esta noche, mi amor, dormiremos aquí, porque esta noche no se ven las estrellas y tú no te mereces dormir bajo el cielo nublado”.

Cogieron los cartones, arrastraron el carrito del supermercado con los cojines y el edredón y abrieron la puerta. Se acomodaron en una esquina y allí pasaron su quinta noche fuera de la casa que ya no tenían.