¿Ves esto? Es lo que pasa por intentar bajarte del camión de la basura desesperadamente. Ya sabes, no lo hagas nunca, corres el riesgo de que pase un gilipollas con una moto mientras intentas cruzar la carretera y te deje así de bonita.

Como puedes ver, parezco una Barbie convencional, con mis bragas de encaje, mi cintura de avispa, mis labios fucsia y la raya del ojo perfectamente maquillada.

Recuerdo el día en que salí de la fábrica en China, con la camiseta blanca ajustada, los shorts vaqueros, el pelo perfectamente planchado, las pulseras imitación de Chanel y las botas camperas a media caña. Divina de la muerte, dirás tú. Tras días de viaje en camión, avión y barco nos dejaron en una juguetería. ¡Estaba tan nerviosa! ¿Quién iría a comprarme? Pasaban los días y nada, allí seguía, quieta, estática. Afortunadamente diciembre llegó pronto y, de esto me enteré más tarde, con él llegaron los anuncios de juguetes en la tele, así que no tuve que esperar mucho para que me compraran.

Fue a finales del mes cuando me llevó el padre de Rebeca. Se ve que el hombre, con todo el trabajo que tenía, había dejado los regalos para última hora. En el carro de la compra me acompañaba una caravana en la que, qué ingenua, creí que iba a recorrerme el mundo. En la misma tienda nos envolvieron en papel de regalo y así estuve esperando casi dos semanas, metida en un armario y con todo a oscuras. La verdad es que no entendía nada.

Al fin llegó el día de Reyes. Rebeca rompió desesperada el papel de regalo que me envolvía. De la emoción, me agitó dentro de la caja. Pero el gritito molesto de niña mimada vino cuando abrió la caravana. “¡Una Barbie nueva! ¡Y con caravana!”  Y así fue como de verdad empezó mi vida.

La primera decepción vino cuando me miré al espejo y vi que no tenía rasgos asiáticos, sino europeos. No lo entendía. Me habían hecho en China, de eso estaba segura, lo ponía encima de mi culo: Made in China. Entonces ¿por qué era rubia y de ojos azules? ¿Por qué no tenía una melena negra y los ojos rasgados? Pensé que no me comería ni un rosco, según tenía entendido las asiáticas dan mucho morbo.

Mientras seguía delante del espejo observándome cada milímetro del cuerpo oí que me llamaban. Me asusté tanto que corrí a sentarme en la misma posición en la que me había dejado Rebeca. Volví a oír mi nombre. Y ahí apareció, era él, era Ken. Como es de esperar, a los dos nos salieron corazones por los ojos al instante. Con el tiempo me enteré de que estábamos programados para pasar nuestra vida juntos, como Adán y Eva. Parecía ser que estábamos hechos para tener una relación estable, o eso creíamos. Sin embargo, a medida que pasaron los meses, los cumpleaños, otras navidades y otros Reyes, nos dimos cuenta de que estábamos programados para tener una relación con cualquier Ken o cualquier Barbie. Así que diremos que este Ken, al que llamaremos Ken1, y yo, quedamos de mutuo acuerdo en que solo seríamos follamigos.

Y así pasaba mi día a día. Rebeca me cambiaba de ropa, me vestía de sport cuando iba a sacar al perro, de diario cuando me tocaba ir a la compra, de gala cuando organizaba cenas en las casas de otra Barbies, me ponía el bikini cuando nos llevaba a la piscina o a la playa. Aunque no sabía mucho del mundo, salvo lo que veía en las películas, en el Disney Channel y en Clan Televisión, creo que era feliz. En el fondo el no saber, el no conocer, el no preguntarte nada, en definitiva, el ser una ignorante total, hace que no te cuestiones lo más mínimo y que vivas el confort y la comodidad de un cuarto infantil con la mayor naturalidad del mundo, como si un día no fueses a acabar al borde de una carretera sin saber dónde tienes la pierna izquierda.

Y así vivía yo. Un día con un Ken, a la semana siguiente con otro. Escuchando historias de Vietnam, de Corea o de Marruecos, esos países tan exóticos de donde venían los otros juguetes. Hasta que llegó el seis de enero de 2014 y con él, Elsa. La maravillosa Elsa, sacada de la última pastelosa película de Disney, con el pelo más rubio que el mío, con los ojos más azules que los míos y con los vestidos de gala más bonitos que los míos. Y al parecer, con el don de hacerse querer más que el resto de juguetes juntos. ¡Qué asco me daba la tía esa!

La cabrona de Rebeca pasó de todos un kilo. La muy guarra me dejó con el mismo vestido un mes. Uf, cómo empecé a odiarla. Pero, no se puede odiar a una niña de 9 años, dirás tú, y, menos aún, llamarla cabrona. ¿En serio? ¿A estas alturas de la historia te vas a escandalizar? ¿A pesar de que te lo dije, no te has dado cuenta de que no soy una Barbie normal? ¡Venga, ya, hombre! Hay niños cabrones, eso es un hecho, y Rebeca es una de ellos.

Desde ese día de Reyes no tuvo ojos sino para la Elsa esa. Todo el día se lo pasaba jugando con ella y cantando “Suéltalo, suéltalo”, ufffff, cómo me ponía de los nervios esa cancioncita. Así pasaron los meses, sin ir a pasear al perro, sin ir a la playa, y de cenas de gala ni hablemos. Hasta que un día, el pobre padre de Rebeca (sí, el pobre, porque si lo pienso no sé cómo ese hombre aguantaba a su hija), se dio cuenta de que su princesita no jugaba con nosotros, y le dio un ultimátum. Con estas palabras le dijo “o juegas con tus otros juguetes, o van para la basura”, “pues que vayan para la basura”, le dijo ella, con esa voz de enteradilla. Y así fuimos a parar todos a una caja. Ella misma, con su sangre fría, nos metió dentro.

Pasamos horas esperando no sabíamos muy bien el qué. Nadie hablaba, no nos atrevíamos. De madrugada llegó un camión gigantesco que apestaba y nos metieron dentro. Cuando empecé a sentir el movimiento y a oír los ruidos de las espirales metálicas que nos iban a romper y a mezclar con el resto de la basura, me las ingenié para saltar y salir corriendo.

Cuando cruzaba la carretera con sueños de libertad en la cabeza, pasó la dichosa moto.

Y aquí estoy ahora, quebrada, tirada al borde de la carretera. Sin ropa, sin caravana, despeinada y sin un Ken que me consuele. Con la mala suerte que estoy teniendo, solo me falta que venga un perro a olisquearme y a mearme encima. Que ya verás, que seguro que me pasa. Pero eso, si sobrevivo, te lo cuento mejor otro día.