Una, dos, mil veces has querido coger la puerta y echarte a andar. Caminar por la calle sin saber adónde vas, como si no tuvieras tres hijos y un marido a los que dar explicaciones al volver a casa.

Una, dos, mil veces has tenido ganas de mirar a tu jefe fijamente a los ojos y decirle que te vas, que no aguantas ni un minuto más no poder replicarle, no poder defenderte, no poder gritarle a la cara tus derechos, que tener un trabajo “con la que está cayendo” no significa que no te puedas quejar. Y tirar la silla al suelo y empezar a cumplir tu sueño: montar una panadería de pueblo en medio de la ciudad y hacer pan con masa madre, como hacían tus abuelos.

Una, dos, mil veces tuviste que aguantar que tu padre te cogiera por debajo de los brazos y te despegara los pies del suelo cuando estabas a punto de cometer una pequeña gamberrada de infancia. La diversión se acababa y tú sin poder decir nada porque ni hablar sabías.

Una, dos, un millón de veces miraste para otro lado cuando el viejo de turno se te colaba en la cola de la charcutería o de la caja, y apretaste la mandíbula hasta que te dolieron los cóndilos y cerrando los ojos rumiabas que cuanto más viejo, más cara dura.

Una, dos, trescientas sesenta y cinco madrugadas llevas ya despertándote a las cuatro para ir al muelle a recoger las mejores flores llegadas de sitios más cálidos. Las preparas en tu puesto con mimo y las vendes a ese cliente que no te dice hola, no te dice gracias ni por favor y que te responde con un gruñido cuando le deseas un buen día.

Y a pesar de todo, aunque puedas cambiarlo, lo seguirás haciendo, aunque sepas que son las pequeñas derrotas las que te hacen perder las grandes batallas.