Portbou31 de agosto de 2014

Te estarás preguntando por qué no he vuelto, Pierre…

Mientras pasábamos bajo el túnel de Balitres, empecé a recoger. Ya casi era un ritual, cuando nos aproximábamos a Portbou yo hacía siempre lo mismo: cerraba el libro, plegaba la mesilla, cogía mis cosas del estante superior y me mudaba a la cafetería. En lo que el Talgo preparaba el cambio de ancho a la vía ibérica, la Guardia Civil entraba en el tren para hacer el rutinario control de pasaportes.

Siempre que hacía el recorrido entre Francia y España tenía la sensación de dejar unos meses estupendos tras de mí. Las amistades que había hecho durante años, los nuevos que siempre llegaban al departamento de español del instituto, el reto de enfrentarme a los alumnos adolescentes, las noches de raclette y Merlot, las escapadas amorosas de fin de semana contigo, las salas de cine de arte y ensayo que creo que ya ni existen en España… Al cruzar la frontera cambiaba el chip, dejaba un pasado maravilloso atrás para ver de golpe reflejadas en el cristal unas vacaciones increíbles con la familia y los amigos de siempre. A veces eran las Navidades, otras veces la semana blanca, la semana santa o el verano. Cualquiera que fuera la época del año, esos días eran un carpe diem en toda regla, pues no desaprovechaba ni un segundo. Siempre había sangría en mis pensamientos, granos de arena de la playa, sal del mar, sol y la comida de mi madre humeante en el plato.

Muchos viajeros se bajaron allí, así que no fue difícil encontrar un hueco en la cafetería. Me senté en un taburete junto a la barra y a las nueve de la mañana empecé mi desayuno. Tostadas con aceite y jamón y un generoso café con leche. Aunque la calidad no era la mejor al tratarse de un tren, a mí ese desayuno me resucitó. Al terminar me pedí un té con la intención de pasarme a una mesa y encontré hueco en una donde ya había alguien. Era un chico de unos treinta años que parecía alto incluso sentado. Le pregunté si me podía sentar a su lado, a lo que respondió que no había problema. Cuando abrí el libro por donde señalaba el marcapáginas percibí el aroma que salía de su taza. ¡Qué casualidad, había pedido lo mismo que yo! Entonces vino la camarera y me dijo que no le quedaban más bolsitas, que al chico con el que compartía mesa le había servido la última. Un odio repentino se dirigió hacia ese desconocido que había estropeado, sin quererlo, mi ritual. Me pedí una menta poleo, que no era lo mismo, pero algo tendría que tomar.

Entonces él vio cómo yo miraba de reojo su taza. El olor a la hierba que desprendía me hacía querer darle un sorbo. Ansiaba ese amargor que se queda en la boca después de un trago. Se me llenaba la nariz de aquellos efluvios que no paraban de tentarme. Miré cómo él dirigía los labios al borde de la taza. Lo quiero para mí, me dije, tengo que sentir ese calor en mi boca. Los ojos se me salían de las gafas y él se estaba dando cuenta de que la envidia me estaba haciendo perder la cordura. Cuando dejó la bebida sobre el platillo que la sostenía no lo pude evitar. En cuanto apartó la mirada cogí la taza caliente entre mis manos, inspiré profundamente el olor que desprendía y di un sorbo precipitado. Él me miró sorprendido por la rareza de la situación y por lo impulsiva que había sido. Me disculpé y le dije que no había podido evitarlo. Se rió a carcajadas. Hablamos sin parar y resultó ser que él hacía el viaje inverso, es decir, era un francés que vivía en España. Cambiando impresiones y experiencias vinimos los dos a coincidir en que estábamos en un momento en el que echábamos de menos nuestra casa. Así estuvimos hasta que llegamos a nuestro destino. Papapara, sonó la locución de la SNCF, Barcelone, ici, Barcelone, cediendo el turno a la voz de la Renfe.

Cuando nos despedimos pensé que este trayecto a España había sido tan igual a los otros, por lo rutinario del principio, pero tan diferente con ese desconocido inesperado. Lo que yo no sabía en ese momento era que ese chico, su historia y su taza de té no habían sido lo único que hacía ese viaje especial. Desde que puse un pie en el tren había empezado mi camino sin regreso. Ahora que se acaba el verano me doy cuenta de que es hora de quedarme en casa, en mi casa. Se acabaron para mí las erres guturales y las vocales nasales. Yo me quedo en Barcelona.

Así que Pierre, si quieres venir a buscarme, no tienes más que darle la vuelta al sobre para ver el remite. Aquí te espero.