A veces vuelvo a tener sueños antiguos, de hace muchos años, de cuando era un niño y mis padres y mis abuelos aún estaban vivos. En lo profundo de ese estado de coma me sorprendo de que los paisajes no hayan cambiado y de que los rostros no hayan envejecido.

Anoche esperaba los zócalos sucios, rayados, rotos. Los blancos más ennegrecidos y los negros más oscuros. Esperaba encontrar las plantas secas y la tierra muriendo de sed. El suelo lleno de hojas y la escalera rota. La madera roída y los clavos oxidados. Sin embargo todo estaba tan nuevo y reluciente como la primera noche, como si fuera un sueño por estrenar.

El sol iluminaba de igual manera y proyectaba exactamente las mismas sombras, por lo que deduje que era la misma hora que en otras ocasiones. El patio lucía impecable y el verde de las plantas me atravesaba los ojos como lo hizo tantas veces años atrás. Olía a tierra mojada, parecía que mi madre hubiese acabado de regar. De fondo se oía el trajín de mi abuela en la cocina y a mi padre aconsejando sobre bálsamos y medicamentos en la botica.

Todo permanecía como antaño excepto mi capacidad de sorpresa, yo ya no observaba con ojos de niño. Miré al suelo y vi mis zapatos de anciano y al tocarme la cara me sentí las arrugas de viejo. Apreté los párpados y, ya fuera del profundo recuerdo, busqué el calor de mi mujer a mi lado en la cama, pero solo encontré la sábana fría.

Abrí los ojos. ¡Cuántos años habían pasado! ¡Cuántos años más seguiría viviendo sin el calor de los que tanto amor me dieron!