Mi padre se quitó el sombrero para saludarme y me hizo una reverencia, como si yo fuera una princesa, y siguió echando ramas al fuego. La finca estaba preciosa a finales de aquel mes de junio. Las viñas tenían un color verde brillante que rompía con el azul del cielo a las seis de la tarde. Las hojas de las parras parecían moverse como manos abiertas para saludarme cuando la brisa soplaba. Las uvas aún sin madurar ya asomaban ansiosas esperando la vendimia al final del verano. Mientras bajaba por la vereda fui sintiendo el olor de los sarmientos, que se estaban quemando. Al lado de mi padre la hoguera parecía muy pequeña, pero desde mis siete años de altura me parecía que yo, ni de grande, llegaría a ser capaz de saltar algo así, ni siquiera para hacer que se cumplieran mis propósitos de San Juan.

Me dijo que Frasquito y Cuartillita, esos niños de los que yo tanto oía hablar pero que nunca llegaba a tiempo a ver, acababan de irse. Una tarde más me había quedado sin conocerlos. Resignada di una vuelta entre las viñas para ver si aún había algo más que quemar. La tierra estaba dura de haber regado el día anterior y su olor se mezclaba con el del humo de la hoguera. Mi padre me llamó insistente, había llegado el momento de intentar saltar, primero él y luego yo. Como un gigante saltó de una zancada y sin que le rozara el fuego. Volvió a saltar sin parar de reírse. Cuando vio mi cara de miedo y nervios hizo lo que todos los años, me cogió por debajo de los brazos y me levantó él varias veces por encima del fuego mientras decía “¡pa que crezcas!”.

Yo nunca se lo dije, pero realmente ese era mi deseo de San Juan, poder ser algún día tan alta como él para poder saltar yo sola la fogalera. Qué pena que ahora, cuando yo también parezco un gigante al lado del fuego, tampoco esté preparada para saltar sin ayuda.