Hay paisajes que te conquistan, y a Carmen esta ciudad la enamoró desde hace años.

Mentiría si dijese que fue un amor a primera vista, todo lo contrario, al principio hasta le causaba rechazo. Empezar una nueva vida aquí no fue fácil, demasiado acostumbrada estaba al que había sido su lugar durante diecisiete años, cuando sus horizontes no pasaban del barrio donde se había criado. Pero las cosas fueron cambiando poco a poco, aparecieron nuevos amigos, nuevos confidentes, nuevas calles y esquinas en las que iba teniendo sus anécdotas, sus recuerdos. Incluso vinieron a reencontrarse con ella viejas amistades. Las risas fueron una constante pero, muchas veces, también las lágrimas y la añoranza de lo que, en el fondo, no quedaba tan lejano. Aunque más fuerte que esa idealización del pasado fueron las ansias tremendas de conocer sitios lejanos, lo que más tarde aprendió que se llamaba Fernweh.

Con el olor a otras ciudades que le acercaba el puerto de aquí esas ganas fueron creciendo poco a poco y, el día que tuvo que irse, no quiso sentirlo como un adiós, sino como un hasta muy pronto, sin querer confesarse que era muy probable que nunca volviese a habitar las entrañas de esta ciudad que puede ser tan fina como ordinaria.

Como una botella que se lanza al mar salió de esta playa urbana, con la esperanza y la ilusión de atracar en puertos más grandes y de leerse a sí misma ese mensaje que guardaba en el interior.

Varios veranos después, con muchos sueños ya cumplidos, proyectos alcanzados y un amor prendido al corazón, volvió a la arena de esta isla, dejándose arrastrar por las corrientes del destino, que son voluntariosas y se empeñan en hacernos vivir segundas partes con los mismos decorados pero con un nuevo reparto.

Pero cuando regresó, la ciudad, que se podría haber tendido a sus pies cual alfombra roja, no lo hizo.

Se había transformado en una ciudad nueva y distinta que no se dejaba conocer y que ella no sentía reconocer. No se veía reflejada al pasar por los cristales de los escaparates, no oía el resonar de sus tacones contra el pavimento, como antaño. Las risas de sus amigos ya no podían sorprenderla en cualquier esquina y no había un olor a perfume familiar al entrar en una cafetería. Sin embargo seguía pasando el hombre del agua por cada casa, los obreros seguían piropeando a las chicas por la calle y el viento imparable que creaba las olas de la playa no había dejado de soplar. Así que ella caminaba por las avenidas con la certeza de que no iba a conocer a nadie, de que no tendría a quién saludar. No se fijaba en los frisos de los edificios ni en el azul del cielo.

Por algún tiempo todo fue gris en la que había sido la ciudad de la luz y, con esfuerzo, apartando a manotazos su nostalgia del pasado, tuvo que volver a hacerse con ella. Se fabricó nuevos lazos de unión, recreó viejas rutinas y se disculpó ante el paisaje. Se familiarizó con las calles de su recién estrenado barrio y una mañana, cuando bajó a desayunar al bar que empezaba a ser el de siempre, admitió que era ahora cuando estaba dispuesta a volver a empezar, era hoy cuando iba a dejar que la luz la envolviese y que el sol le calentase el corazón. Se retocó el carmín de los labios con los que enmarcaría su sonrisa y se dejó embriagar por el optimismo que le brindaba esta segunda parte que tenía sabor de nueva aventura.