Roberto lo tenía todo: era gordo, llevaba gafas y, para complicar más aún las cosas, acababan de ponerle brackets.

—Mamá, por favor, que me pongan de esos transparentes, que seguro que así no se me nota nada.

—Ah, no, hijo, esos son carísimos y no está la cosa como para gastar más de la cuenta.

Cuando terminó, el ortodoncista le dijo:

—Así está mejor, Roberto. A todos los niños de tu edad les encanta llevar tanto colorín. ¿A ti también, verdad?

Y él asintió con la sonrisa congelada queriendo haberle dado un puñetazo al guaperas ese.

Al día siguiente subió las escaleras del colegio como si la mochila, pesadísima, quisiese tirarlo para detrás y volvérselo a llevar a su casa. Entró por la puerta de su clase con el propósito de no abrir la boca en todo el día, no pensaba darles ni un motivo más de burla a sus compañeros.

Al entrar por la puerta deseo ser invisible. Bueno, invisible o flaco, invisible o sin gafas, invisible o sin aparatos. Sin mirar a ninguno de sus compañeros se dirigió directo a su mesa, pero cuando iba por la mitad del camino escuchó:

—Eh, Roberto, ¿no dices ni buenos días?

Roberto miró de reojo a Alejandro, el niño más malo de la clase, el que peores notas sacaba y, al que todos, aunque no lo admitiesen, le tenían un secreto e inconfesable miedo.

—Eso, eso —le apoyaron algunos compañeros—. ¿Tú no saludas, o qué? ¡Qué maleducado!— La cosa era encontrar cualquier excusa para meterse con él.

Roberto se paró a mitad del camino, tragó saliva, levantó la mano derecha y la abanicó en el aire y dijo —Buenoz bíaz, chicoz.

—¿Y a ti qué te pasa ahora? ¿No sabes hablar, o qué?

Él miró al suelo y esperó.

Alejandro se le acercó, se le iba acercando cada vez más a la cara. —¡Abre la boca! —le dijo—. ¡Que abras la boca!

Roberto apretó los dientes, no iba a abrir la boca, su plan era pasarse el curso con la boca cerrada, aunque repitiera. Solo miraba al suelo. —¿No me oyes o qué? ¡Que abras la boca, idiota!

El niño empezó a ponerse rojo, no podía hablar, no podía correr ni decirle a Alejandro que lo tenía harto, que lo dejase en paz.

Los demás habían formado un corro a su alrededor. Cada vez que Roberto intentaba dar un paso le cerraban el camino. Todos empezaron a gritar a la vez: “ábrela, ábrela, ábrela…” Las voces de los niños empezaron a oírse por el pasillo, por donde pasaba Fabián.

Fabián era el grande de los dos hermanos. Tres años mayor que Roberto, más guapo, más flaco, el niño que toda la familia adoraba: buenas notas, deportista y muy simpático. Aunque a veces él también se encargaba de meterse con su hermano cada vez que le parecía que se lo merecía. Pero Fabián ya estaba harto de ver cómo Roberto se aguantaba las lágrimas en el camino del colegio a casa. Estaba harto de verlo esperar detrás de la puerta a que su madre llegase para romper a llorar y contarle todo lo que le habían hecho, que ya no podía más, que, por favor, no lo hiciese volver a la escuela. Y, aunque se avergonzase de su hermano cada vez que éste en un bar pedía un mosto (única bebida sin alcohol con la que daban tapa) en vez de una Fanta como hacían todos, se paró en el umbral de la puerta de la clase de su hermano. Al ver la escena, la rabia se lo comió. Dio uno, dos, tres, cuatro, cinco pasos, hasta llegar a un lado del corro y dijo: —¿Qué es lo que pasa aquí?

Poco a poco los niños empezaron a ir cada uno a su mesa, nerviosos. Todos, menos los más gallitos y, entre esos, por supuesto, se encontraba Alejandro.

—¿Que qué pasa? —respondió este—. Que tu hermano ya casi ni saluda.

Fabián no se lo pensó ni medio segundo. Cogió a Alejandro por el cuello del uniforme y lo levantó en el aire.

—Mira, niñato, y escúchame bien porque es la última vez que te lo digo. Como te vuelva a ver meterte con mi hermano, te comes este puño, ¿me entiendes? ¿¡Me entiendes!?

Alejandro asintió con los ojos bien abiertos.

—Más te vale, porque te advierto de que no voy en broma.

Roberto miraba a su hermano con sorpresa. No se lo podía creer. Fabián, el que lo llamaba gordo en casa. “Gordo, vámonos ya que llegamos tarde. Gordo, no quiero postre, ¿lo quieres tú? Gordo, no me pidas más que te ayude con la tarea.” Ese Fabián, acababa de cerrarle la boca a Alejandro. No, no se lo podía creer. Tenía ganas de llorar de la emoción, de ir a darle un abrazo, pero no quería cargarse en un minuto lo que su hermano mayor había conseguido.

Fabián le puso la mano en el hombro y lo miró serio. Roberto respiró hondo, ya la mochila no le pesaba, le devolvió la mirada a su hermano y asintió.

 

Cuando Fabián estaba saliendo por la puerta, los demás niños empezaron a aplaudir y a silbar. Roberto decidió que, para solo tener diez años, ya sabía demasiado bien a qué sabían las lágrimas y que, a partir de ahora, iba a disfrutar de su nueva sonrisa, tan multicolor.