—Espera, espera, ya voy, que me falta el perfume. ¡Qué impaciente eres!

—Como se nos escape la guagua, verás tú.

Gerardo y Rosa vivían en Guanarteme, pero por nada del mundo faltaban un viernes por la tarde a su cita con la música en el Parque San Telmo, la otra punta de la ciudad.

Cogían la 17 en el barrio y se bajaban en el Hoyo, justo al ladito del parque. Y allí mismo llegaron el viernes pasado, diez minutos antes de que empezara el concierto. Se acercaron al atril que se encontraba en medio del pasillo del improvisado patio de butacas y cogieron un programa. Rosa frunció los labios y movió la cabeza afirmando, como dando su aprobación. Gerardo ya buscaba con la vista dos sitios libres, y los encontraron en un lado.

Se sentaron y comentaron el programa. La banda empezó a afinar y ellos aprovecharon para mirar a su alrededor a ver si veían a algún conocido. Rosa vio a Mercedes de lejos y la saludó con la mano en el aire.

Justo cuando la Banda Municipal de Las Palmas empezó a tocar el pasodoble Suspiros de España, Gerardo y Rosa, que llevaban 45 años casados, se miraron cómplices. Empezaba el espectáculo.

Inevitablemente tenían la partitura en la cabeza. Ella, violinista y él, flautista. Cuerda y viento se habían conocido en plena adolescencia, en una época en la que los estudios musicales en la isla no eran lo más común. Se dedicaron a la docencia, Gerardo, por vocación; Rosa porque dedicarse solo a la música no estaba bien visto para una señorita.

Escucharon el Impromptu de Schubert, los Cantos Canarios de Teobaldo Power y alguna que otra versión de bandas sonoras del cine actual, todas bien interpretadas, todas cargadas de emoción. Y cuando llegó el turno de la última, La Boda de Luis Alonso, Rosa y Gerardo se cogieron de la mano y viajaron juntos a aquel día 1965 en que se habían conocido.