Encendió el ordenador y puso el Spotify. Con el dedo índice escribió en el buscador “música para antes de una cita”. Obviamente, aún nadie había creado esa playlist. “¿Cómo a nadie se le ha ocurrido crear esta lista?” se preguntó. Ya lo haría ella otro día, que hoy no tenía tiempo. En la sección de Estados de ánimo escogió la lista Feelin’ good porque, esa noche, ella se sentía good, pero good good, súper good. Vamos, que hasta le había dado la impresión de haber sentido mariposas en el estómago y todo, pero al primer aleteo las puso a todas a raya y les echó una miradita para que no volvieran a revolotear.

Empezó a sonar una versión más reaggae del Stand by me y se fue secando el cuerpo al ritmo de la música, moviendo mucho la cabeza y los hombros. Qué a gusto estaba haciendo el pato sin que nadie la viera.

Hoy Laura y Daniel se quedaban con los abuelos. Les había dicho a sus padres que tenía que entregar un informe muy importante para el día siguiente y que tenía que quedarse toda la noche trabajando, que si no les importaba que los niños se quedasen con ellos y llevarlos al día siguiente al colegio. Nada menos parecido a la verdad.

Se miró desnuda en el espejo. “Qué tipazo tienes, ¿eh? Los efectos del pilates se te están dejando ver”. Sin duda tenía el guapo subido, aunque la verdad era esa. Tras dos partos y los 46 recién cumplidos, Susana era lo que un veinteañero habría llamado una madurita muy, pero que muy interesante.

Empezó por el tanga y el sujetador, las dos piezas del mismo conjunto, siguió por las medias, negras y bien finas. Febrero había entrado frío, pero a ella le daba igual, pensaba llevar su vestido negro “de la suerte”. Lo tenía desde los veintipocos y aún le servía. No quería llevarlo solamente porque le quedara de escándalo, sino porque tenía la inconfesable esperanza de que, cuando se quitase el abrigo en el restaurante, Pedro lo reconociese.

Ya en el baño se cepilló los dientes y se secó el pelo con el secador: liso, pero con volumen. Había decidido no ir muy maquillada, pero la base no podía faltar. Un poco de sombra negra en los ojos que le ayudara a resaltarle la mirada y a levantarle un poco los párpados. Rimmel, colorete y el rojo de labios que no faltara. Juntó los labios fuerte, los soltó rápido y puso morritos y, con ese gesto tan femenino, dio por terminada la sesión de maquillaje.

Se puso unos tacones altísimos y se dispuso a coger el bolso. Las gafas dentro por si no llegaba a leer bien el menú, las llaves, el móvil, la cartera, la pintura de labios y… “sí, ¿por qué no?”, unos condones.

Las nueve menos cuarto. Aún faltaban quince minutos para que Pedro llegase a recogerla, así que se puso una copa de vino tinto y se sentó en el sofá con cuidado de no arrugar el vestido. Tras el primer sorbo se quedó con la vista perdida. No quería reconocerlo, pero estaba nerviosa. Tenía esa mezcla de excitación, nervios e inseguridad previos a la primera cita. ¿Cómo era posible, si quedaba con Pedro? ¿Si lo conocía tan bien como a sí misma? ¿Si habían estado casados más de quince años? A lo mejor era porque ya llevaban un año divorciados y esta situación, en el fondo, le parecía extraña.

Lo del divorcio lo habían decidido los dos, tranquilos, sin grandes aspavientos (ni grandes despedidas). Hacía tiempo que no se acostaban, que no les apetecía hacer nada juntos, que cuando salían con sus hijos a comer no se hablaban entre ellos. Hasta se habían propuesto verse con otras personas, pero lo descartaron porque sabían que iba a ser demasiado incómodo y ninguno de los dos quería montarle al otro una escena de celos a esas alturas.

Optaron por la custodia compartida y firmaron los papeles. Sus padres y sus suegros no se lo podían creer. ¿Cómo habían tomado esa decisión sin decírselo a nadie, solo a los niños? Ellos eran la pareja perfecta, la pareja que todos nombraban cuando ponían un ejemplo de pareja perfecta. Se conocieron haciendo unas prácticas al año de terminar la universidad, cuando los dos estaban ya cansados de tener historias que no llegaban a nada; empezaron a salir, a vivir juntos… Dejaron el trabajo para irse a dar la vuelta al mundo sin un duro y, al volver del viaje, sin tampoco decírselo a nadie, fueron un día al juzgado y se casaron. La definición de felicidad en pareja eran Susana y Pedro. No discutían, se sentían cómplices, eran amigos, el sexo entre ellos era increíble, no se levantaban la voz, compartían algunos amigos manteniendo los dos los amigos de siempre y la vida les había regalado dos hijos maravillosos. Pero las cosas habían sido así.

Pedro la llamó el uno de enero y le dijo a bocajarro “Tengo ganas de verte, te echo de menos”. “¿Pero si me viste el día de navidad cuando almorzamos con los niños?”, le dijo ella haciéndose la tonta. A partir de ahí se pasaron el mes enviándose whatsapps que con el paso de los días iban subiendo de tono. Cuando se veían hacían como si no pasara nada, como si esas palabras que se escribían no existiesen. Se seguían dando dos formales besos cada vez que se encontraban, pero nada más.

A principios de febrero Pedro empezó a insistir para que quedasen. “Ni de coña, Pedro. Ni de coña –decía marcando las sílabas–. ¿Para qué? Nos vamos a hacer daño. Llevamos más de un año divorciados y los dos estamos bien, Pedro. Te digo que no, deja de insistirme”.

Y allí estaba ella ahora, sentada en el sofá de su casa, esperando a que Pedro tocara; nerviosísima, guapísima y sin haber dejado nada al azar. Total, qué gastada está esa frase hecha de que las segundas partes nunca fueron buenas.

Llamaron a la puerta y Susana dio un respingo. Uf, casi se mancha con el vino. Se retocó el pelo y abrió. Lo primero que reconoció, incluso antes que a su exmarido, fue su perfume, que la transportó al bienestar de años atrás. Se sonrieron y se dieron dos besos. Ella se puso el bolso y cogió el abrigo. “Qué guapo te has puesto”, le dijo mientras cerraba la puerta. “Tú me has dejado sin respiración”, pensó él. Llamaron al ascensor sin hablarse. Pulsaron el 0 y se cerraron las puertas. Ninguno quiso evitar un cruce de miradas en el espejo y ya no pudieron más. Se abrazaron, se apiernaron, se besaron, se enlenguaron y, apretando el 3, ordenaron al ascensor que volviera a casa de Susana.

Esa noche se quedaron sin cenar.