Cuando le preguntaban por su nombre él siempre decía que le faltaba una letra para ser de la realeza. Felipe Bordón Pérez. Bordón para los colegas.

De su padre solo sabía el nombre, por no darle no le dio ni el apellido, el tío miserable. Con casi cuarenta tacos seguía viviendo en casa de su madre, en una habitación que poco había cambiado desde que era adolescente. Le acompañaban hoy un póster del Equipo A, las cortinas de dibujos psicodélicos y el escritorio modular de cuando tenía quince años y donde ya apenas cabía. Por supuesto, de cama doble ni hablamos. A las pibitas se las llevaba a la furgo. Su furgo. Como era lo único que tenía a su nombre, le gustaba decirlo así: mi furgo. Aunque a las chicas les decía que se las llevaba a la carroza real.

La furgo era una Berlingo que había comprado de segunda mano pero que, tras varios arreglos, Bordón creía que era de tercera o de cuarta. Nunca había sido muy avispado con los bisnes. Se lo había montado de tal manera que, inclinando los asientos de atrás para adelante, le cabía un colchoncito perfectamente. Así, cada vez que le daba la gana, se pasaba el fin de semana por ahí con los colegas. Aunque él no lo supiera, su furgo era lo más cerca que iba a estar nunca de tener una casa propia, aunque de haberlo sabido, creo que tampoco le hubiese importado.

Bordón tenía el hábito de poner a prueba los amortiguadores de su coche, al menos, una vez en semana. No era de comerse mucho el tarro, así que, cada vez que le cuadraba, se llevaba a una nueva princesa a disfrutar de la magia de la carroza en primera línea de playa.

Pero la vida le cambió a Bordón hace ya algunos veranos, cuando le plantaron un Mercadona entre su edificio y el polideportivo del pueblo. Al alcalde se le llenaba la boca diciendo que iba a dar empleo a más de cien personas y a él casi no se le cierra cuando vio en la caja a Carmen. Carmen García Pinzón, según rezaba en el identificativo verde que llevaba sobre el pecho izquierdo y que, según Bordón, le resaltaba el color de los ojos. Carmen estaba tan buena que hasta con ese pantalón de macho, con las botas de montaña y con el polo enorme, se veía que era guapa a rabiar. Durante una semana Bordón fue todas las tardes al súper. Al séptimo día se atrevió a decirle a Carmen algo más que buenas tardes y gracias.

—Tú no eres de aquí, ¿no?

—No —respondió ella dividiendo en dos el pelo que le caía de la coleta y extendiendo los puños hacia los lados para apretarse más, aún, el moño.

—Esta noche salgo con mis colegas al bar que está aquí al lado, por si te quieres venir después del curro, que yo luego te llevo a casa en mi furgo.

—Bueno, salgo a las diez —le dijo sin mucho interés.

—Pues a las diez estoy aquí fuera esperándote, que no quiero que te pierdas.

—Tsss, tsss, ¿y tú cómo te llamas?

—Felipe Bordón. Me falta una letra pa ser de la realeza —le respondió Bordón guiñándole un ojo.

Carmen lo miró pasmada y siguió pasando la compra del siguiente cliente. “Menudo tío flipado”, pensó.

Esa noche Bordón la llevó a su carroza y aquello se fue repitiendo cada fin de semana hasta el final de agosto. Un día, Carmen le dijo:

—Oye, Bordón, ¿tú tienes el graduado?

—¿Yo?, no.

—Pues que sepas que yo no hago planes de futuro con un tío que no tiene el graduado.

A Bordón se le cuajaron los ojos. Carmen hablaba en serio.

Al siguiente fin de semana Carmen no salió con él, ni al siguiente tampoco. Un lunes Bordón vio que un tío la esperaba en la puerta del súper y que le daba un beso al salir. El pobre no pegó ojo en toda la noche. Estaba enamorado.

El día en que llegó “al nocturno” y la señorita (porque aunque pudiese ser el hermano mayor de aquella chica que acababa de terminar la carrera, él la llamaba señorita) les preguntó uno por uno que por qué razón se sacaban el graduado, él respondió, como un niño grande, que por amor.

Ya habían pasado dos años. Dos años en los que cada noche se sentaba en sillas donde durante el día se sentaban niños de primaria, dos años de nervios antes de los exámenes, dos años sin ningún suspenso, dos años con el mote de “el enamorado” entre sus compañeros.

Ahora veía lejano aquel día. Pero ya era oficial, a falta de diploma le habían entregado un justificante donde ponía que había obtenido el Título de Educación Secundaria Obligatoria. No se lo podía creer, el futuro estaba ahí, a la vuelta de la esquina.

Se fue con la música de la furgo a todo volumen a buscar a Carmen y la esperó sentado por fuera del Mercadona hasta que ella salió.

Esa noche volvieron los dos a dormir juntos en la carroza.