Se llamaba Lucía, así, en pretérito imperfecto, como nuestra historia. Un nombre en pasado, que dura en el pasado y que permanece en mi memoria. Lucía, la chica más bonita de todo 1º.A, la que se incorporó en noviembre a clase porque su padre era militar y lo acababan de destinar a la ciudad, la que nos dejó a todos sin respiración desde el otoño hasta el verano. A mí me deslumbró con su pelo rubio y sus ojos verdes, con las pecas que le adornaban la cara, con su 1’60 de estatura y su acento del sur. Desde el momento en que abrió la puerta, mi corazón sólo supo latir por ella y no paró de hacerlo ni un instante durante los meses que se sentó a mi lado en clase. Mi primer amor, mi primer beso con la mirada, con los labios, con la lengua. Lucía fue mi primer todo, mi primer “mi amor” susurrado al oído, mi primera noche en vela, mi primera escapada de clase para ir al mirador a comernos a besos. Lucía fue insomnio y caricias y dormir abrazados en un campamento de verano. Todavía recuerdo la vez en que le regalé una rosa y un poema, de Benedetti, claro, pues yo era incapaz de describir tan bien lo que sentía. “Te quiero, David”, me dijo, y yo creí que el mundo se paraba de súbito. Pero no lo hizo, igual que no lo hizo el día en que nos despedimos con la adolescente promesa del amor para siempre.

Todos esos recuerdos pasaron sin orden por mi cabeza cuando diez años, cuatro novias y miles de kilómetros después la vi sentada frente a la catedral de Saint-Jean en Lyon. Ahí estaba ella llevándole la contraria a su nombre, pues seguía luciendo. Deslumbraba, brillaba, irradiaba luz bajo un cielo encapotado y entre la gente que se disponía a abrir el paraguas como escudo contra la lluvia. ¿Lucía?, la llamé dubitativo. ¡David! gritó mientras se me abrazaba al cuello. Inspiré el mismo olor y volví a sentirme en mi refugio. ¡David, cuánto tiempo! ¡Estás igual! Tú, más guapa, le dije. Los dos propusimos tomar un café para ponernos al tanto de nuestras vidas y ante aquellas tazas humeantes descubrimos que su padre, que no veía bien que la niña tuviese un novio desde tan jovencita, tiró con una disciplina militar mis cartas y mi sueño a la basura.

Desde ese día vivimos un amor imperfecto, como el pretérito de su nombre, pero que ya no está en un tiempo pasado.

 

Nota: Relato publicado en “Cosas imposibles con un amor posible”, libro conmemorativo del décimo aniversario de la Escuela Canaria de Creación Literaria.