A las siete menos cuarto de la mañana suena el despertador. Lo primero que hago es pensar que vaya mierda y que quién me habrá mandado a mí a aceptar un trabajo de once horas los sábados. Claro que esos pensamientos me los trago en un segundo, pues con lo que me pagan en la oficina en la que soy becaria de lunes a viernes, pues tampoco me da para mucho. Todas estas palabras son apenas pensamientos de milésimas de segundo. Consigo ponerme en pie e ir a la ducha medio dormida. Mientras salgo del baño oigo la llave girar en la puerta: mis compañeros de piso llegan borrachos después de una marcha increíble. Cierro la puerta de la habitación y me dispongo a vestirme mientras oigo el ruido de los cacharros en la cocina: siempre llegan con hambre. Después de peinarme y acabar de despertarme me preparo el desayuno y como con los trasnochados lo que para mí es el primer manjar del día y para ellos el último. Me cepillo los dientes, un poco de rímel, colorete y a la calle.

Mi calle, por lo general, no huele muy bien. Siempre hay cacas de perros y algunas cucarachas. Enfilo la avenida de La Trinidad hasta el final y subo la Herradores. Casi nunca hay gente, pero últimamente me tropiezo con una prostituta que unas veces fuma y otras discute con un hombre, su chulo, me imagino. Entonces llego a la plaza y ahí está: el kiosco de la prensa. Tras luchar con la puerta, entro, enciendo las luces y pongo el aire acondicionado. Enchufo la radio y respiro hondo: sé que me espera mucho trabajo, voy a tener que colocar cientos de periódicos y de revistas. Las noticias son recientes, pero como siempre, parecidas a las del día anterior: inmigrantes que llegan a las costas canarias, inundaciones en Galicia, muertos y miedo en Nigeria, israelíes y palestinos en guerra, PP y PSOE que hasta parece que se van a poner de acuerdo, Podemos dejándonos perplejos… todo es nuevo y viejo a la vez. Cada periódico en su sitio, cada suplemento en su lugar y algunas reservas ya hechas. Son las ocho y media, tengo que abrir.

Cada cliente tiene su historia. Por supuesto yo la desconozco, al igual que ellos la mía. Me preguntan por reservas, por suplementos, por futuras colecciones, por revistas que no llegan… quieren saberlo todo, pero todos tienen prisa y quieren irse los primeros. Buenos días, buenos días, ¿cuánto es?, un euro cincuenta ¿algo más?, no gracias, muchas gracias, hasta luego, hasta luego y una sonrisa de oreja a oreja. Algunos compran siempre el mismo periódico, son fieles a una ideología y no quieren ir más allá. Otros, publicaciones de izquierdas y de derechas, del corazón, de salud y de psicología y a veces también alguna de informática. Y claro, yo para mis adentros, aún sabiendo que no voy a saciar mi curiosidad, me pregunto si tendrán tiempo de leerlo todo, para qué les interesa tener tantos puntos de vista, qué encuentran en tanto blanco y negro que es más o menos parecido… como no encuentro una respuesta satisfactoria me imagino que son sociólogos y como tales no pueden conformarse con un color, con una opinión… quieren y deben ir más allá, saberlo todo.

Las campanas de la iglesia me avisan de que son las once de la mañana. En ese momento llega Pedro, el camarero del bar de enfrente, a traerme un cafecito y una pulguita. En lugar de pagárselo le doy un periódico para el bar y le guiño un ojo. Antes de tomarme el desayuno me quito con una toallita húmeda la tinta que me ennegrece los dedos. En el fondo hasta tiene algo de poesía esto de vender periódicos y papel cuché.

Siempre viene algún cliente pesado, de esos que quieren factura o saber por qué en Canarias las revistas valen 15 o 20 céntimos más, o te preguntan por qué te has olvidado de reservarles el dvd del Marca.

Pero no todo son noticias, también hay tabaco, refrescos y golosinas de por medio. Los fumadores suelen ser mayores. Normalmente los refrescos y las golosinas van a parar a la boca de los niños y a veces también al maletero de un coche con destino a la playa.

Mientras las horas van pasando y miro el reloj con impaciencia voy fijándome en toda esa gente que viene. La mayoría son pijos, de esos que llevan bolso de Tous, gafas de Channel o pantalón de Armani. Muchos de ellos vienen con perro, para mí todos iguales: blanquísimos, monísimos y limpísimos. Con cada uno de ellos tengo una conversación más o menos trivial, lo que me parece muy gracioso si tengo en cuenta que al día siguiente, si me los cruzase en algún otro lugar, seguramente no sabría reconocerlos. Y en el intervalo que trascurre entre uno y otro voy oyendo la lista de Los Cuarenta: Tocado y hundido… oh, people help the people I’m all ’bout that bass, ’bout that bass… Alguien que sepa frenar enero, alguien que sepa que viene fuerte… Y de vez en cuando me pongo a cantar.

Y al fin llegan las dos y media: los titulares empiezan a envejecer.

Al llegar a casa como rápidamente para poder dormir al menos una hora. Y a las cuatro y media vuelvo a oír el infernal pitido del despertador. Me levanto y tomo un café rodeada de tres resacados muertos de sed. Y vuelta a empezar.

Otra vez lucho con la puerta, pero otra vez pasa alguien amable por la plaza que es consciente de mi poca fuerza y me ayuda a abrirla. De nuevo todo en marcha: luces, aire acondicionado, radio, todo en su sitio. Y ahora empieza un trabajo mejor que el de la mañana, el de reponer. Lleno la nevera de bebidas y los estantes de tabaco. Vigilo que haya suficientes chocolatinas y que no se derritan, aunque con los 27 grados de este último mes es un poco difícil. Las tardes son bastante aburridas: vienen niños y adolescentes que leen la Superpop, algún rezagado de la mañana y muchísimos fumadores. Por las tardes suelo tener las yemas de los dedos limpias, pero oliendo a dinero, y como tengo más tiempo me pongo a pensar: la playa, Madrid, amigos, París, la marcha de esa noche, ¿le diré a Pedro que venga?

A las siete y media empiezo a desesperarme: ¡quiero irme ya! Entonces me siento y, mientras, los inmigrantes que llegaban esta mañana están esperando en un polideportivo a que griten su nombre para ser repatriados, los gallegos siguen achicando agua, en Nigeria hay muchos muertos más, los palestinos y los israelíes se odian más aún y Podemos sigue acojonando a los demás partidos… Me leo un poco EL PAÍS y Le Monde, y curioseo la In Touch y la Cuore, y así me entero de que puede ser que Cristiano e Irina hayan roto y de qué hace Pilar Rubio para bajar barriga. Ha pasado ya una hora. Preparo los albaranes, recojo los periódicos, los cuento, los ato y los pongo en su sitio para que se los lleven el domingo. A las nueve menos cinco llega mi jefa, me pregunta qué tal la tarde y cuenta el dinero. Y así se hacen las nueve, ya solo tengo que coger el sobre con mi sueldo y cerrar.

Me doy la vuelta y me voy al bar. Ya hace tres meses que trabajo en el kiosco y, desde entonces, hay algo pendiente con Pedro, pero de esta noche no va a pasar.