Aquel día se nos acabó la adolescencia. No es que yo me diese cuenta en ese momento, qué va. Me doy cuenta ahora, casi a los cuarenta, pues la distancia me hace ver lo que no pude identificar en algún momento del pasado.

Esa fue la última foto del carrete de la cámara de usar y tirar. ¡Con qué emoción la compré! No quería que se me perdiera en la memoria ninguno de los momentos que habíamos vivido aquel verano, el último antes de entrar en la universidad.

Cada día era una aventura. Crema solar, bikinis, cervezas, playa y chiringuitos. Y Raquel, Tere, Sol y yo, como si fuéramos una. Ahora pienso que no fuimos muy originales, pero son las pequeñeces de la vida las que la hacen grande.

Aún no teníamos coche, así que hacer autostop hasta la playa era la primera emoción del día. Si íbamos a una nudista, la adrenalina aumentaba, y las risitas con las miradas ladeadas nunca eran discretas. Las toallas siempre estaban llenas de arena, no parábamos de jugar a las cartas, de corretear y de charlar entre carcajadas. El futuro estaba ahí, pero no queríamos verlo. Vivíamos cada día con la certeza de que el verano iba a terminar en algún momento, pero con la inconciencia única y maravillosa de los diecisiete años, sin preguntarnos qué iba a ser de nosotras, si cumpliríamos nuestros más secretos sueños, si seríamos amantes o esposas, si encontraríamos la felicidad cerca o lejos. Me atrevería a decir que en aquel momento todo eso no nos importaba, ¿para qué pensar en el futuro con el presente de película que estábamos viviendo?

Ahora que veo las fotos en el álbum que forré de tela vaquera para esos recuerdos, me llega el olor del mar mezclado con el de nuestro perfume, por supuesto, todas usábamos el mismo. Me llegan nuestras risas (me las sé de memoria). Me abrazan nuestras pieles mojadas. Me invade la alegría de la ignorancia.

A veces pienso en las chicas. Me pregunto qué será de ellas. No es que no las vea, no. Dos veces al año quedamos las cuatro. Nos ponemos al día, hablamos, sin llegar a contarnos lo importante, de nuestras vidas, de nuestros trabajos, de las vacaciones que se fueron o que están por venir. Pero ya no hablamos de nosotras. Por eso digo que a veces me pregunto qué será de ellas. Qué opinarán aquellas Raquel, Tere y Sol de las tres mujeres que son ahora. Qué opinaría yo misma, al ver la falsedad que nos une.

No sé en qué momento dejamos aquella fraternidad a un lado y convertimos nuestra relación en un fotograma plano. Hoy pienso que fue cuando quisimos coger el sol con las manos ignorando que íbamos a quemarnos.