La Central line iba desbordada un lunes más. Se puso a hacer cola para ver si, con suerte, podría coger el cuarto o quinto metro que pasase. Al fin consiguió subirse y, con un gesto espontáneo aprendido años atrás, agachó la cabeza para que la forma semicircular de la puerta no le diese un golpe. Se agarró a uno de los tubos rojos, encendió el libro electrónico y se lo puso a menos de un palmo de la nariz: Kiss Kiss de Roald Dahl lo iba a acompañar en su enésimo trayecto al trabajo. Fuera invierno o verano siempre hacía calor en el metro. Ya tenía la espalda empapada en sudor antes de llegar a la primera estación. El olor a sobaco, a perfume y a bagel de bacon se mezclaba en el ambiente mañanero. Liverpool Street, Bank, Saint Paul’s, Chancery Lane, Holborn y, al fin, Tottenham Court Road. Salió sin prisa del vagón. Al llegar a la escalera se decantó por el lado derecho ya que quería seguir leyendo y, por una vez, no llegaba tarde. Cuando pisó Oxford Street intentó coger el ritmo de los viandantes, pero esta vez le fue imposible. Los pies no solo le pesaban, sino que parecía que querían hacer el camino contrario. Miró al cielo surcado por las estelas blancas de los aviones y suspiró resignado.

Cuando llegó al trabajo se enteró de que le tocaba a él repartir los pedidos por las oficinas. Lista en mano llenó el cajón de la bicicleta de sándwiches, bocadillos, wraps, sopas y bebidas y se fue. Le encantaban estos días: podía tomar aire, silbar por la carretera, saludar a otras personas e imaginar lo que sería tener un trabajo de oficina con un horario fijo. Entró por Soho Street y, tras repartir en las oficinas de la plaza, siguió por Greek Street. Ya empezaban a salir los primeros olores a comida por las puertas y ventanas de los restaurantes. La India, Vietnam, Italia, Tailandia… Cuántos países en tan pocos metros cuadrados. Old Compton Street la hizo en sentido contrario y, después de algunas paradas, completó el camino por Dean Street. Aunque estuviese en el centro de Londres ya empezaba a sentir la primavera. Los primeros rayos de sol que calientan, las primeras chicas en falda sin medias, los brotes verdes de los pocos árboles que hay en las ciudades… Fue un puesto de flores el que lo transportó a su pueblo, al patio de la casa de su abuela, a los geranios rojos que decoraban las paredes, al café que preparaba su madre a media mañana… Con el cajón ya vacío siguió pedaleando. Pasó por delante de la cafetería, pero nadie lo vio, así que siguió y siguió hasta que llegó a su casa, zona dos. Allí cogió el lienzo y lo ató con cuidado. El maletín con las pinturas lo puso en el fondo, junto a los pinceles. ¡Ay! Casi se olvida del disolvente. A estas alturas ya se había remangado el pantalón y el suéter lo llevaba en la cintura.

Otra vez en la carretera, ¡se iba a retratar la primavera!

En Old Street, allí, en la rotonda, plantó su estudio improvisado. Apagó el móvil a pesar de las cinco llamadas perdidas que tenía. Incorporó el lienzo, observó el paisaje urbano y se sintió Monet por un día.