Aterrizamos. Zagreb. Cena oriental. Noche. Pasión. Empieza la ruta. Tecnología punta y mapas de papel. Cigüeñas y nidos en los postes. Llegamos a Zadar. Callejeamos y descubrimos. Fotos. Música afrodisíaca del órgano de mar. El Adriático plateado. Besos. Piel. Besos. Madrugón. Carretera y en ruta. Puente. Ovejas. Islas. Señores con boina y chaleco. Cuarenta años atrás. Queso, vino y aceitunas. Otro Adriático, azul petróleo. Mapas. Makarska y sus playas. Cuerpos salados. Arena y arbustos. Entramos en Dubrovnik. El antiguo esplendor de la perla y la sombra de la guerra. Amplitud en las plazas. Un poco de lluvia y un mucho de amor. Bombardeos en fotos, niños, dolor y lágrimas. Tejados naranjas. Resuenan las bombas. Silencio. Turistas japoneses. Pescado y pivo. El diario de viaje se sigue nutriendo. Regreso al norte. Split y Diocleciano. Tender la ropa en un palacio. Un blanco cegador. Helados. Trogir. Catedral y reflejos en el agua. Carretera entre los árboles. Tanque de guerra en el camino. Caricias bajo el agua. Desayuno contundente. Plitvice y sus lagos. Paleta de azules, verdes y amarillos. Cascadas y vegetación. Vuelta a Zagreb. Huevos de Pascua y mercado. Café. Sombrillas rojas y esculturas. Zbogom Hrvatska. Despega el avión.