Como el médico dijo que era recomendable que montara en bici, mi madre no tardó nada en plantar una estática en medio del salón. A mí me parecía un rollo eso de montar en bici en casa, sin ver cómo cambiaba el paisaje al ritmo del pedal. Pero no podía pasear con una bici normal, porque tengo LES. Ya lo sé, te estás preguntando qué es LES, pues Lupus Eritematoso Sistémico, una enfermedad rara que, entre otros síntomas, me corroe la piel y, además, me ha supuesto muchas complicaciones desde que nací. Total, que por culpa del LES estoy casi siempre en casa porque casi no puedo exponerme al sol. Y yo no sé si fue casualidad o qué, pero la tarde en que me subí a la bici por primera vez, tras poner el ventilador a tope para creerme que era viento real, estaban echando en la tele el Tour de Francia. A partir de ese día la hora del Tour se convirtió en mi ratito de bici. Frente a la pantalla me creía uno más del pelotón. Cuando había pendientes yo subía los cambios, cuando se llaneaba la dejaba más ligera y así, etapa tras etapa, pasamos por Agde, Mâcon, Besançon, Metz, Rouen… y llegamos a París. ¡Qué grande fue esa última etapa! Sentí que solo estábamos la bici y yo: sabía que ese año iba a ganar. Y tras pasar por el Arco del Triunfo sentí lo que siente un ganador y todo pasó muy rápido. Me entregaron el maillot amarillo que me puse en un momento, sin que me escociera ni nada, y mi cuerpo se bañó en champán mientras todos coreaban: ¡Juan! ¡Juan! ¡Juan!

 

6º premio de la IV edición del Concurso de Microcuentos del Ámbito cultural de El Corte Inglés (temática de enfermedades raras).