Hasta hace poco yo había vivido siempre en mi pueblo, en una casa con un huerto que yo misma cultivaba. A veces se me colaban en los sueños una gallina o algún perro extraviado. Los insectos, por supuesto, siempre acudían: saltamontes, escarabajos, mariquitas… Pero también se metían en casa, así que no me molestaban en los sueños.

Lo de ahora es diferente. A veces, hasta tengo miedo de irme a dormir, doctor. Yo que siempre me iba a la cama a las diez, ahora no me voy hasta las tantas, hasta que estoy rendida y no puedo más.

La primera noche que esto me pasó pensé que era todo producto de mi inconsciente: demasiada gente nueva, demasiado ruido, demasiada información entrándome por los ojos cada día. Coger el metro, ir al trabajo, la gran ciudad… Todo esto es nuevo para mí y pensé que quizás estaba recibiendo demasiados estímulos exteriores. Me tomaba mis sueños como alucinaciones, porque, ¿qué son los sueños? Pues alucinaciones con los ojos cerrados.

Pero a la semana ya empecé a asustarme. ¿Cómo era posible que se cruzasen mis historias con las de mis vecinos? La primera aparición la hizo el vecino de arriba, Ignacio. Se ve que él estaba soñando que volaba y yo que estaba en la playa. De repente me cogía de la mano y volábamos juntos. No me gustó nada, porque yo solo voy a playas nudistas, ¿sabe? Así que cuando me agarró de la mano para volar no me dio tiempo de vestirme ni de nada, y acabé volando por Madrid en pelotas. Y esa es otra, ¿cómo podía ser que yo pasara de estar tumbada en la playa a volar sobre los tejados más altos de esta ciudad? Sin sentido. ¡Y menuda vergüenza! Para una vez que vuelo, voy y lo hago desnuda. Lo peor es que al día siguiente me encontré con este vecino en el ascensor y él como si nada. ¿Se lo puede creer? ¿Me arrastra a volar en bolas y luego se le olvida? Vale que no soy una supermodelo, pero estoy estupenda.

La noche siguiente me pasó con los vecinos de al lado. Yo todavía estaba en las primeras fases del sueño, ni siquiera estaba en ningún escenario posible. El caso es que el padre de los niños de al lado estaba soñando que se iba de vacaciones. Y claro, a Brasil no se iba a ir con sus hijos, ¿no? Pues va el tío y toca el timbre y me los deja allí plantados, que total, que solo son unos días, que si no me importa, que aunque soy nueva y no me conoce, que tengo cara de buena persona. Y me pasé toda la noche cuidando de unos gemelos de seis años. Al día siguiente me levanté rendida, ¿así quién descansa? Y este lo mismo, que me lo cruzo a los dos días y ni gracias ni nada.

Yo lo que veo es que es muy difícil vivir en Madrid. Antes, cuando vivía en una casa, estaba más tranquila, ahora esto es un desastre. Si me hubieran advertido de que en la ciudad el cruce de sueños llegaba a estos niveles, me lo habría pensado un poco. Porque no me diga usted, no se pueden comparar unas gallinas con todo mi edificio. Además, a cuál peor, esta gente está de psiquiátrico. Yo los veo de día y me parecen todos tan normales, pero cuando entro en lo que sueñan me doy cuenta de que están peor que yo. Y yo, al menos, doctor, busco ayuda. Eso sí, la próxima vez tenga más cuidado, que a ver si se cree que no me entero de si se queda dormido escuchándome. Recuerde que yo no me meto en la vida de la gente, que son los demás los que vienen a mis sueños.

¿Te gustó? Lee la siguiente parte aquí: Volver a soñar en Madrid