Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé. Recibí una llamada de mi hermano a eso de las tres de la mañana, pero me hago un lío con el cambio de horario, así que todo esto no quiere decir nada. Quizá haya sido ayer.

Mi pueblo está a unos 5 800 kilómetros de aquí. Cincomilochocientoskilómetros, me repito lentamente y con la boca pastosa. Si estuviéramos en la época de Phileas Fogg, ¿cuánto tardaría? Unos cuantos días buenos, creo. Menos mal que ahora tenemos google y aviones a todos lados. Si no, no llegaría al funeral. A lo mejor eso sería más fácil. Llegar, no saludar a nadie, ir a mi casa directamente… Sería como si mi madre se hubiese evaporado, como si la hubiesen abducido, como si fuese una persona que solo vivió en los álbumes de fotos que quedan. Dios, en cuánta tontería pienso. Creo que aún no lo he asimilado. Voy a ducharme.

Los vuelos valen una pasta. Pero claro, no puedo no comprármelo, ¿te imaginas? Ya me veo a las vecinas diciendo “Menuda está hecha la hija de Tere, desde que se fue a Nueva York es una frívola. ¡Cómo te cambia la Gran Manzana!”. Uffff. Bueno, voy a seguir mirando, que seguro que pillo alguno.

¡Coño! ¡Tengo que llamar a mi jefe también! ¿Cuántos días me darán? Esto en América seguro que lo tienen muy bien contado.

Ya está, trámites completados. Maleta pequeña, bufanda al cuello y arreando.

¡Taxi!

Perfecto, el vuelo está en hora, esta tarde estoy allí. ¿Me irán a recoger? Espero que no me hagan coger el autobús después de la palizona de vuelo que me voy a meter. Bueno, voy a pedirme un cafecito.

Hmmmm, siempre me ha encantado cómo preparan los cafés con leche aquí: grandotes, pa’ que no te quedes con ganas y con su espumita por encima. Riquísimos.

¡Qué va, no me lo puedo tomar!

Sería la gota que colmase el vaso. He tenido la calma de ducharme y de enjabonarme dos veces, de llamar a mi jefe, de volver a llamar a mi hermano y hasta de discutir con John antes de irme. Me he comprado el Vogue en el Relay y, ahora, ¿voy y me tomo un café con leche? Ni de coña, no puedo ser como Meursault. Joder, ¡qué putada esto de tener cultura general!

Verdad es que él ya lo llevaba escrito en el nombre. No hace falta saber mucho francés. Meur como meurtre. ¡Asesinato! Meur como je meurs, tu meurs, il meurt

Yo paso, ¿y si ahora voy al baño y me encuentro a un tío que quiere violarme y del patadón que le meto se cae, se golpea la nuca en el lavabo y se muere? ¿Me acusarían de fría, como a Mersault? ¿Dirían que soy una psicópata, como dijeron los críticos literarios de él? ¿Que en realidad ya lo tenía todo pensado? ¿Que mi violencia se justifica por mi frialdad? ¿Que es inhumano y amoral encontrar placer en tomar un café con leche el día que ha muerto tu madre? Ese café con leche puede meterme en la cárcel.

¡Qué susto! ¡Me llaman por mi nombre por la megafonía! Hostia, esto me pasa por ponerme a flipar tanto a última hora.

Ya está: maleta en el portabultos, Vogue en la rejilla del asiento de delante y nadie a mi lado. Perfecto. Me duermo.

Acabo de despertarme. Soñé con mi juicio. Me preguntaban que cómo había sido capaz de comprarme el Vogue el día de la muerte de mi madre. Me decían que al menos no había sido una inconsciente y no me había tomado el café con leche. Yo me defendía, decía que el café con leche me encantaba, que era solo eso. Pero nada, que, aunque hubiese sido en defensa propia, iban a enchironarme, que personas como yo demostraban el mal camino hacia el que se dirigía la sociedad. No quiero ni pensar en lo jodidas que son las cárceles americanas.

La azafata acaba de pasar con el almuerzo pero, qué va, yo así no puedo comer. No me tomé el café, figúrate si me voy a comer una hamburguesa.

Me voy a dormir otra vez.

Me duelen los oídos. Ay, parece que eso que se ve por ahí es España. Qué fuerte, otra vez aquí.

No quiero que el avión toque el suelo, no quiero. No quiero bajarme de aquí, no quiero. Si me bajo dejará de estar todo en mi cabeza. Si me bajo tendré que darle un abrazo a Javi y mirarle a los ojos tristes. Si me bajo la realidad se convertirá en la verdad.

Me bajo. Goodbye, we hope you’ve had a nice flight. Goodbye.

Javi me está esperando. No para de morderse las uñas. Me da un abrazo fuerte, de esos grandes con los dos brazacos que tiene. No le dejo que me lo vuelva a contar, no quiero saber otra vez cómo fue. Le explico lo del café con leche, lo de la revista, lo de “El extranjero”. Me mira y, sin enfadarse, me dice que me entiende, que él me conoce, pero que me calle la boca ya.

Y entonces, al fin, al lado de mi hermano, la única persona en el mundo que siente el mismo dolor que yo, puedo echarme a llorar.