A sus cincuenta años le resultaba bastante fácil y corriente hablarle de aquella manera tan déspota a su compañera de trabajo. Él, todos los días con traje y corbata. Ella, 25 años y el título recién colgado en el salón de la casa de sus padres. “Mira, bonita, le dices a quien corresponda que yo, Miguel Ángel García, no pienso moverme a la hora del desayuno a la oficina de recursos humanos ni para autorizar mis vacaciones eternas, ¿me entiendes?”. El choque del auricular contra el teléfono le estalló en toda la cara. Pensó en la situación inversa, en hablarle ella así al tío ese, en dirigirse de esa manera a cualquier compañero, pero era incapaz de imaginárselo, no podía entender una falta de respeto similar. Cogió aire fuerte por la nariz, se cagó en sus 25 años y en el sujetador que le apretaba, soltó el aire por la boca y se dijo que ni de coña iba a ir al baño a llorar. La lucha había empezado y, por ahora, en el frente y defendiendo a su batallón, solo estaba ella.