Era domingo y la calle estaba repleta de familias con niños, algunas hasta con perros. También paseaban parejas curiosas buscando alguna extravagancia antigua con la que decorar su nuevo piso de alquiler. El acordeón que se oía de fondo animaba aún más la escena y las voces de la gente que hablaba sin parar hacían de letra para la melodía de ese instrumento, que aquel día estaba más alegre que nunca.

Yo ya estaba habituada a ir de mercadillo en mercadillo, a ver cada domingo a gente diferente con costumbres muy similares. Pero incluso si todo parecía igual aunque la calle y la ciudad tuvieran nombres diferentes cada semana, yo, para no aburrirme, siempre me fijaba en los detalles. En el chico que le soltaba la mano a su novia cuando apreciaba a sus padres al final de la calle. En la niña que echaba las pompas de jabón directas a los ojos de su hermana pequeña para hacerla llorar. En el que se hacía el despistado para no recoger lo que su perro acababa de dejar en una esquina. En el vendedor ambulante que, dependiendo del sitio, podía ser chino, rumano, ecuatoriano o español, ofrecía cervezas bien fresquitas… A grandes rasgos, se podría decir que cada fin de semana mis ojos veían el mismo cuadro, sin embargo yo me fijaba en cada escena, en cada persona… Total, tenía tiempo, estaba allí apoyada todo el día, sin hacer nada, así que podía escudriñar cada detalle sin que apenas nadie reparase en mí. A veces, sin que se notara, cambiaba ligeramente de postura, pero lo hacía muy muy despacio para no llamar la atención. De vez en cuando pasaba alguna señora mayor que decía —¡Uy! yo me acuerdo de estar así vestida, igualita, para la foto del colegio. ¡Qué recuerdos! Hay que ver cuánto han cambiado los tiempos— y pegaba la hebra con cualquiera que tuviese al lado para contarle alguna batallita de su infancia. Esos eran los momentos que más me costaba no moverme, no pestañear y sobre todo no estornudar a pesar del polvo. Un día incluso reconocí a una antigua compañera de colegio. Ella se quedó mirándome un buen rato y dijo en voz alta —¡Dios mío, cómo se parece esta niña a Pilar Arencibia!— Yo le guiñé un ojo rápidamente, pero entonces se asustó, y salió corriendo.

Así pasaban las semanas para mí, todas iguales y todas distintas. Lo que nunca cambiaba era el puesto que tenía enfrente. Lo llevaba un chico joven, de unos veinte años. Vendía bisutería y otros complementos que fabricaba él mismo. Normalmente trabajaba en su taller, pero los días en que la cosa estaba floja, se ponía a trabajar allí mismo, en plena calle. Collares, pulseras, pendientes, diademas, pajaritas… Todo con un estilo de otro tiempo que, paradójicamente, gustaba mucho a los jóvenes. Al material propio lo acompañaban objetos antiguos, como de mi época. Maletas, carteras, relojes, gafas de sol, quinqués… Incluso ropa usada. ¡Ay! si mi madre viviera se caería de culo al ver que la ropa usada se vende como algo moderno. ¡Cómo cambian las cosas!

Yo tenía tan, tan visto ese puesto, que ya ni me paraba a mirarlo, ni me fijaba. Pero ayer… ayer hubo algo que me llamó mucho la atención. Sobre las nueve de la mañana, Enrique, que así se llamaba el chico, acabó de preparar su puesto. A la izquierda puso la ropa, en el centro la bisutería y los relojes y a la derecha varias maletas de viaje sobre las que estaban las carteras de piel. El día estaba nublado e incluso parecía que iba a romper a llover, pero para llevarle la contraria al hombre del tiempo, a eso de las once de la mañana, las nubes se apartaron dejando paso a un radiante sol de otoño. Fue justo en ese momento cuando la vi. Un rayo de sol se proyectó sobre su cierre dorado, lo que hizo que me encandilara y sin tener ningún cuidado bajara los párpados rápidamente. Volví a abrirlos despacito cuando noté que ya no me estaba deslumbrando. Y fue ahí cuando pude mirarla atentamente. Su piel bien cuidada, con unas pequeñas arrugas justo por encima del cierre. Sus asas regulables, todo un avance en mi infancia. Sus pliegues laterales que anunciaban que en el interior aguardaban dos compartimentos, lo que permitía separar los libros de los cuadernos. Y el pequeño bolsillo exterior donde yo ponía las llaves de mi casa. De golpe vinieron los recuerdos a mi cabeza. La voz de mi madre llamándome a la salida del colegio, el pan con mantequilla y azúcar a la hora de la merienda, mi hermana Lolita ayudándome con los deberes, el barro acumulado en los zapatos por ir saltando de charco en charco con mis amigas, el olor a tierra mojada, mi padre dándome un beso de buenas noches en la frente mientras me arropaba. Sentí unas ganas tremendas de salir y cogerla, pero no podía, el cristal que tenía ante mis ojos no me lo permitía. Tampoco podía saltar y salir de allí, pues yo era lo que parecía: la foto antigua de una niña que iba a la escuela a finales de los cincuenta. Qué impotencia tan grande sentía. En ese momento se me ocurrió una solución. En la foto, colgando de la silla en la que estaba sentada, se encontraba esa cartera. Solo tendría que girarme para cogerla y volver a tener entre mis manos mis recuerdos de infancia. Todo eso pensaba mi mente adulta atrapada en el retrato de una niña. Pero tampoco pude hacerlo, las limitaciones de una fotografía en dos dimensiones eran más que evidentes cuando intenté llevar a cabo mi plan. Nunca antes me había importado tanto estar allí encerrada, expuesta, esperando a que alguien me comprara. Estaba tan distraída lamentándome por lo que me pasaba, que no me había dado cuenta de que el motivo por el que el rayo de sol ya no me quemaba los ojos era que una chica estaba comprando mi cartera. ¡Mi cartera! ¡Oh! ya no iba a tener la suerte de verla, de soñar con ella… La chica pagó, se dio media vuelta  y vino directa al puesto donde yo estaba. Comentaba con una amiga que la cartera iba a quedar muy bien como decoración de su tienda, pero que le faltaba aún algo para completar aquel rincón donde pensaba colocarla. Así fue como se puso a hablar con Mayte, la dueña de mi puesto, y le comentó que al día siguiente iba a abrir una tienda de ropa de niño que ella misma diseñaba y cosía y que buscaba algo original de decoración. Entonces sentí que la mesa en la que me estaba apoyando se tambaleaba y que el mapa que tenía tras de mí se me iba a caer encima. Y conmigo entre sus manos, Mayte habló de las virtudes de mi foto: una foto original, antigua, en blanco y negro pero con algunos detalles pintados a mano, de una niña muy guapa en un colegio… Lo tenía todo para dar ese toque que buscaba para su tienda. Mayte me envolvió en papel de periódico y sin despedirse ni nada, me vendió.

Esta mañana, cuando me desperté, ya no me dolía la espalda, pues ya no estaba mal apoyada sobre una estantería. Estaba colgando de una pared de color verde oscuro, así que estaba bastante recta, muy bien sentada, como las monjas me obligaban a mis diez años. Debajo de mí había una mesilla en la que se encontraba mi cartera entreabierta, con algunos libros viejos que explicaban las cuatro reglas y la ortografía. El paisaje que veía ahora tras el cristal del marco había cambiado radicalmente. Ya no había ni frío, ni calor; ni nubes, ni sol. Ya no existían los fines de semana en mercadillos. Ahora estaba en aquella tienda cara, viendo a familias ricas comprar una ropa exclusivamente confeccionada y con todo el tiempo del mundo para admirar mi añorada cartera y recordar, una y otra vez, mi dulce infancia.